MIS EXPECTATIVAS
Hola a todos los que estáis ahí leyendo esto ahora.
Es la primera vez en mi vida que escribo sin saber muy bien para quién y me resulta aterrador y estimulante a la vez. ¿Se sentirán así mis niños cuando entran por primera vez en mis clases?
Me llamo Susana. Tengo 50 años y muchos de docencia a la espalda.
He trabajado en todos los niveles de Primaria y algunos de Secundaria. ¡Incluso adultos cuando solo era una jovencita de 20 y mis alumnos eran señores jubilados ingleses aprendiendo a pedir un taxi para sus vacaciones en Benidorm! Estos últimos años decidí dedicarme a los pequeñitos de Primero, a los que había ido evitando toda mi vida. Sin embargo, ha sido la mejor decisión laboral que he tomado en mucho tiempo. Estas personitas me hacen reír con su imaginación y me vuelven algo loca con su energía.
Siempre he tenido la sana costumbre de no conformarme del todo con mi labor docente en cuanto he sabido que existían formas distintas de hacer la cosas en el aula. Hace hace diez años incorporé la metodología del Aprendizaje Cooperativo. Me formé, practiqué y formé a otros profesores. Esta forma de enseñar y aprender ha supuesto mayor vitalidad en el aula, puesto que la participación de los alumnos es total, igualitaria y, además, les ayuda en su desarrollo personal, social y emocional. Sin embargo, aunque ellos aprenden juntos, la evaluación sigue siendo tradicional e individual. No he aprendido a hacerlo de otra forma. De hecho, en los cursos de Spencer Kagan que hice y en la bibliografía que he leído, habla de que la evaluación de los aprendizajes debe ser individual. Esporádicamente, coevaluamos su desempeño en sus roles y en las habilidades sociales: respetar los turnos, dar el consenso, hablar con amabilidad, pedir y dar ayuda... Pero poco más. En fin, ando muy perdida en evaluación.
Siempre que ha llegado la temida frase “FECHA TOPE NOTAS A JEFATURA DE ESTUDIOS” me he echado a temblar. Hace años, sufría al tratar de sacar una media a partir de muchas notas a boli e iconos como mases, menos, ondas, flechas hacia arriba y hacia abajo, puntos negros y demás lindezas en la ya lejana agenda del profesor. Cuando llegó la tecnología en forma de iPad e iDoceo, la cosa fue mejor, puesto que ahora puedo poner tooooodas las notas del mundo y toooooodos los iconos y colores imaginables. Las combinaciones son casi infintas con la gran ventaja de que la aplicación te lo transforma todo en el número final que pones en el boletín del alumno.
En estas circunstancias, mi empeño ahora es recoger infinidad de notas para que la evaluación sea lo más veraz posible y los más objetiva. Pero algo no va bien. Me dedico a dejar constancia de notas y anotaciones como si me fuera la vida en ello. Pero algo no va bien.Trato de tener cosas que contar a las familias cuando vienen a hablar conmigo y procuro hablar con los niños cuando les corrijo las fichas y los libros. Pero algo no va bien. Me digo a mí misma que no puedo fiarme de mis observaciones de aula sin registrarlas porque mi memoria no es tan buena como antes y por eso debo anotarlo todo. De eso estoy segura. Pero a pesar de toda esta labor agotadora, sé que el resultado final de un número en un boletín no dice nada.
No dice nada de los talentos de los niños, de sus puntos débiles, de sus progresos. NADA. Hace tiempo que sentía que debía formarme en evaluación. Una evaluación que ayude a los alumnos a mejorar en lo que necesitan y que refleje lo que ya saben. Una evaluación que no sea una tortura para mí y que sirva a mis alumnos. Una evaluación objetiva y clara. Para ello, necesito conocer nuevas herramientas de evaluación. Los controles, las fichas, las preguntas en clase. Todo eso... ¿sigue valiendo? La verdad es que cada vez tengo más dudas.
Cuando vi el vídeo de presentación del curso donde, de forma hermosa, el profesor comparaba la evaluación con el hecho de regar una planta para que creciera, sentí que debía inscribirme. Ya he comprado la regadera. Ahora necesito aprender a usarla bien. ¡Espero que funcione!
Susana
Es la primera vez en mi vida que escribo sin saber muy bien para quién y me resulta aterrador y estimulante a la vez. ¿Se sentirán así mis niños cuando entran por primera vez en mis clases?
Me llamo Susana. Tengo 50 años y muchos de docencia a la espalda.
He trabajado en todos los niveles de Primaria y algunos de Secundaria. ¡Incluso adultos cuando solo era una jovencita de 20 y mis alumnos eran señores jubilados ingleses aprendiendo a pedir un taxi para sus vacaciones en Benidorm! Estos últimos años decidí dedicarme a los pequeñitos de Primero, a los que había ido evitando toda mi vida. Sin embargo, ha sido la mejor decisión laboral que he tomado en mucho tiempo. Estas personitas me hacen reír con su imaginación y me vuelven algo loca con su energía.
Siempre he tenido la sana costumbre de no conformarme del todo con mi labor docente en cuanto he sabido que existían formas distintas de hacer la cosas en el aula. Hace hace diez años incorporé la metodología del Aprendizaje Cooperativo. Me formé, practiqué y formé a otros profesores. Esta forma de enseñar y aprender ha supuesto mayor vitalidad en el aula, puesto que la participación de los alumnos es total, igualitaria y, además, les ayuda en su desarrollo personal, social y emocional. Sin embargo, aunque ellos aprenden juntos, la evaluación sigue siendo tradicional e individual. No he aprendido a hacerlo de otra forma. De hecho, en los cursos de Spencer Kagan que hice y en la bibliografía que he leído, habla de que la evaluación de los aprendizajes debe ser individual. Esporádicamente, coevaluamos su desempeño en sus roles y en las habilidades sociales: respetar los turnos, dar el consenso, hablar con amabilidad, pedir y dar ayuda... Pero poco más. En fin, ando muy perdida en evaluación.
Siempre que ha llegado la temida frase “FECHA TOPE NOTAS A JEFATURA DE ESTUDIOS” me he echado a temblar. Hace años, sufría al tratar de sacar una media a partir de muchas notas a boli e iconos como mases, menos, ondas, flechas hacia arriba y hacia abajo, puntos negros y demás lindezas en la ya lejana agenda del profesor. Cuando llegó la tecnología en forma de iPad e iDoceo, la cosa fue mejor, puesto que ahora puedo poner tooooodas las notas del mundo y toooooodos los iconos y colores imaginables. Las combinaciones son casi infintas con la gran ventaja de que la aplicación te lo transforma todo en el número final que pones en el boletín del alumno.
En estas circunstancias, mi empeño ahora es recoger infinidad de notas para que la evaluación sea lo más veraz posible y los más objetiva. Pero algo no va bien. Me dedico a dejar constancia de notas y anotaciones como si me fuera la vida en ello. Pero algo no va bien.Trato de tener cosas que contar a las familias cuando vienen a hablar conmigo y procuro hablar con los niños cuando les corrijo las fichas y los libros. Pero algo no va bien. Me digo a mí misma que no puedo fiarme de mis observaciones de aula sin registrarlas porque mi memoria no es tan buena como antes y por eso debo anotarlo todo. De eso estoy segura. Pero a pesar de toda esta labor agotadora, sé que el resultado final de un número en un boletín no dice nada.
No dice nada de los talentos de los niños, de sus puntos débiles, de sus progresos. NADA. Hace tiempo que sentía que debía formarme en evaluación. Una evaluación que ayude a los alumnos a mejorar en lo que necesitan y que refleje lo que ya saben. Una evaluación que no sea una tortura para mí y que sirva a mis alumnos. Una evaluación objetiva y clara. Para ello, necesito conocer nuevas herramientas de evaluación. Los controles, las fichas, las preguntas en clase. Todo eso... ¿sigue valiendo? La verdad es que cada vez tengo más dudas.
Cuando vi el vídeo de presentación del curso donde, de forma hermosa, el profesor comparaba la evaluación con el hecho de regar una planta para que creciera, sentí que debía inscribirme. Ya he comprado la regadera. Ahora necesito aprender a usarla bien. ¡Espero que funcione!
Susana
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